jueves, 4 de mayo de 2017

FEDERICO II HOHENSTAUFEN



Estadista, sabio, hereje y amante, Federico II Hohenstaufen es una de las personalidades más complejas y fascinantes de todo el Medievo europeo, se enfrentó con todo el mundo, jamás se doblegó y siempre fue fiel a sí mismo. Nieto del gran Federico Barbarroja, rey de Sicilia por su madre Constanza, emperador de Alemania por herencia paterna y rey de Jerusalén por su matrimonio con Yolanda. En su poliédrica persona se mezclaron la sangre germana y la sangre normanda, y padeció en sus carnes las contradicciones de ambos mundos: autoritarismo e individualismo.


En una Europa feudal, atomizada en pequeños estados con aires de grandeza, cuando la lucha por conservar lo propio era una constante vital, nació Federico II. Perdió a sus padres antes casi de aprender a caminar, y el papa Inocencio III se encargó de su tutela. Se educó en la corte siciliana, brillante y cosmopolita, un lugar de contacto entre el Islam y la Cristiandad, y pasó toda su vida peleando para que todos, desde el más humilde de sus súbditos hasta el infalible papa de Roma reconociesen su autoridad. En Alemania tuvo que derrotar a Otón IV, hijo de Enrique el León, y en Sicilia necesitó doblegar a toda la oposición.


Siempre se sintió más siciliano que alemán, y mientras que trabajaba para crear una poderoso estado centralista en el sur de Italia, dejaba el gobierno del Imperio en manos de uno de sus hijos. Palermo solía ser su residencia habitual, y allí se rodeó de una cohorte de sabios, poetas y eruditos, cristianos, judíos y hebreos. Gustaba debatir sobre astronomía, ciencias naturales o álgebra, compuso algunos poemas y escribió un tratado de cetrería. En Nápoles fundó una Universidad para formar a los futuros funcionarios del estado. Hombre ecléctico (y en el fondo ateo), mostró respeto y curiosidad por el Islam y se interesó por los movimientos de renovación cristiana de su época, como los Franciscanos. Otro motivo más para desafiar al papa.


Al igual que otros príncipes de su época, Federico era un gran aficionado a la astrología y a los secretos del Cosmos. Sus enemigos hicieron circular una macabro rumor: para saber, a ciencia cierta, que le pasaba al alma después de la muerte, hizo asfixiar a un hombre dentro de una tinaja herméticamente cerrada.


En Apulia mandó construir el extraño Castel del Monte, una fortaleza con estructura octogonal y que presenta las mismas proporciones que la capilla palatina de Aquisgrán.


Excomulgado por Gregorio IX, Federico II organizó su propia cruzada, y con la ayuda del sultán egipcio al-Kamil, partió a Tierra Santa. Defensor del uso de la diplomacia acordó con el dueño de Jerusalén, hermano de su amigo al-Kamil, que los cristianos pudiesen volver a los Santos Lugares. De esta manera consiguió con la palabra aquello que se resistía a la espada. Desafió al papa, ignoró sus quejas y se coronó rey de Jerusalén en el mismísimo Santo Sepulcro. El cruzado excomulgado recuperó para la Cristiandad el anhelado Reino de los Cielos.



A su regreso a Europa el conflicto con el Papa era ya una guerra abierta que terminó afectando a buena parte de Europa, en un enfrentamiento total de intereses políticos, religiosos y económicos. Inglaterra, Pisa, Venecia e Imperio Bizantino de Nicea apoyaron al emperador, mientras que Génova y la Liga de ciudades lombardas se inclinaron hacia Roma.


Los últimos años de su agitada vida estuvieron marcados por el desgaste, la represión violenta de cualquier conjura y el interminable conflicto con el Papa, con victorias y reveses a partes iguales. Su mayor triunfo fue en Cortenuova, y el ambicioso Federico lo celebró como los antiguos Césares, con un desfile triunfal en Cremona.


Conquistador de corazones y apasionado por el sexo femenino, Federico tuvo tres esposas – Constanza de Aragón y Castilla, Yolanda de Jerusalén e Isabel e Inglaterra – y una pléyade de amantes, entre las que sobresalió Blanca Lanzia. Unas y otras le dieron una abundante prole. Cuentan las malas lenguas que Federico, pervertido fornicador, tenía un harén con lascivas bailarinas y musculosos efebos sarracenos, custodiado por obedientes eunucos.


En su época se referían a Federico II como “estupor del mundo” y para Joaquín de Fiore y sus seguidores el emperador encarnaba al mismísimo Anticristo. El tiempo, juez y verdugo, lo encumbró como defensor implacable de la independencia del Estado y precursor de los maquiavelicos príncipes del Renacimiento. Un monarca que nunca dejó indiferente a nadie, al que se le atribuye el Tratado de los Tres Impostores que se puede resumir en una sentencia lapidaria (y llena de fundamento): “el mundo ha sido engañado por tres impostores: Moisés, Jesucristo y Mahoma”.



Murió el hombre y nació el mito. Una leyenda medieval cuenta que Federico II nunca murió, sino que duerme un sueño soterrado en el interior de su sepulcro. Estas historias dieron pábulo al “Rey bajo la Montaña” popularizada en el siglo XIX por los hermanos Grimm.  


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