miércoles, 10 de mayo de 2017

BILBAO. INDUSTRIA Y COMERCIO.



En el año 1300 Diego López V de Haro, señor de Vizcaya, fundó en la orilla izquierda de la ría de Nervión una población destinada a convertirse en un destacado centro industrial, y en la urbe más poblada y cosmopolita de toda Euskalherría.


Unos pocos años más tarde, concretamente en 1315, el rey de Castilla Alfonso XI confirma la Carta Puebla concedida por la señora de Vizcaya, María de Haro. A partir de este momento Bilbao se convierte en puerto de embarque de la lana castellana.


Los vascos vieron que el comercio marítimo no era suficiente para colmar sus aspiraciones y desarrollaron las ferrerías para abastecer de hierro las futuras industrias. A mediados del siglo XV se redactó el fuero de las Ferrerías de Vizcaya, que regula el proceso de producción, transporte y comercialización del hierro. Las primeras ferrerías utilizaban la fuerza motriz de los molinos de agua. La revolución industrial permitió la introducción del carbón y la utilización y posterior desarrollo de los altos hornos, que convirtieron a Euskadi en uno de los primeros focos de industrialización española.


Los productos elaborados con tesón en las ferrerías, además de aprovisionar los mercados ibéricos, se exportaban al extranjero, consiguiendo fama en toda Europa. El dramaturgo Shakespeare alaba sin rubor el hierro de Bilbao en una de sus obras.


En los siglos bajomedievales Bilbao desarrolla una importante actividad comercial, vinculada tanto a la actividad minera de las ferrerías, como a la exportación de la lana. También se importaban alimentos, textiles y manufacturas varias. Los cereales llegaban de Francia, la sal de Aveiro en Portugal y los textiles de Flandes e Inglaterra. Para mantener esta situación privilegiada, los bilbaínos mantuvieron un duro pulso con Burgos por el comercio de la lana y con los señores de la Tierra Llana que pretendían controlar las rentables ferrerías vizcaínas.


Cuando Europa dejaba atrás la Edad Media y poco a poco se iban imponiendo nuevas formas de organización económica, el rey Fernando el Católico, en el ocaso de su vida, concedió a la ciudad de Bilbao un Consulado propio, que eliminaba la dependencia de los comerciantes bilbaínos con respecto a Burgos.


Por otro lado los mercaderes bilbaínos se habían agrupado para defender (con uñas y dientes) sus intereses creando una Hermandad, “la Universidad de Capitanes, Maestres de Nao y Mercaderes de la Villa de Bilbao. La cofradía regulaba y controlaba todo el tráfico comercial que subía y bajaba por la ría.


Las Siete Calles, el histórico casco viejo de Bilbao, se arremolinan alrededor de la Catedral de Santiago.


La catedral es la iglesia más antigua de la villa, de hecho, ya existía en el momento de la fundación de López de Haro.


La iglesia gótica de San Antón, junto al puente del mismo y al Mercado de la Ribera, es el templo más popular del centro de la ciudad.


Dos lobos, el viejo puente medieval y la iglesia de San Antón forman el blasón de la ciudad.


La maqueta expuesta en el Museo de Bilbao recrea el aspecto de la ciudad en el siglo XVI. Una visión del núcleo primigenio, el recinto amurallado de las Siete Calles, con las casas torre de las poderosas familias reforzando el perímetro. El Puente, la Iglesia de San Antón y la Catedral se revelan como los elementos más característicos del entramado urbano.


El progresivo fortalecimiento de Bilbao en el siglo XV, un tiempo en que se consolidó la siderurgia vasca, la ciudad se desparramó más allá de las siete calles amuralladas. En 1483 se autoriza la construcción del ensanche de Santa María para adaptarse al crecimiento urbano.



La situación geográfica, las ventajas fiscales, la libertad de comercio y el carácter de su gente, fueron los factores que propiciaron que Bilbao se convirtiese en el más activo centro del tráfico marítimo comercial entre la Península Ibérica y los países del Norte de Europa. A través del puerto, bien resguardado de temporales y piratas, y en naves construidas en los reputados astilleros, capitaneados por expertos y bregados pilotos se canalizó la exportación del hierro vasco y lana castellana hacia los centros manufactureros de Flandes, Francia e Inglaterra. De esta forma Bilbao se convirtió en una puerta abierta a Europa.


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